Cuando nuestras expectativas no se cumplen

Por Jimena Saravia. Lic. en psicología. MP 34704

Sentir frustración es bastante incómodo. Es una emoción desagradable. Nos proponemos algo, nos esforzamos por conseguirlo, esperamos que las cosas sean de una determinada manera …y no. Todo sale mal. O tal vez no sale tan mal, pero sale distinto de lo que habíamos imaginado. Se suponía que las cosas iban a ser «así», pero, nos guste o no, en la vida las cosas no siempre salen como uno quiere. De hecho, en general, los planes nunca resultan exactamente como lo deseamos y es muy poco lo que realmente podemos controlar.

Cualquiera sea el rol que estemos ejerciendo (como hijos o padres, en nuestro trabajo, con nuestras amistades, etc.), suceden cosas que no anticipamos: los demás nos fallan o les fallamos, incluso sin querer; aparecen obstáculos y demoras. Planificamos con tiempo y entusiasmo un día al aire libre y amanece lloviendo; el Gobierno toma medidas inesperadas que nos complican; nuestro equipo pierde el partido más importante de la temporada… Y así podríamos seguir nombrando miles de escenas cotidianas que disparan esta experiencia incómoda que forma parte de la vida.

La frustración es una respuesta psicológica que surge cuando no se cumplen nuestras expectativas o no logramos alcanzar nuestras metas. Como toda emoción, nos brinda información interna; en este caso, acerca de la desilusión que implica no conseguir lo que esperábamos.

Quienes tenemos hijos, ante la pregunta de qué deseamos para ellos, solemos dar una respuesta universal: «Queremos que sean felices y exitosos en lo que se propongan».

Queremos que se porten bien, que se integren en los grupos sociales en los que se mueven, que sean elegidos, reconocidos y que no sufran. Y cuando las expectativas que tenemos en relación con el rendimiento académico, social o deportivo de nuestro hijo o hija no se condicen con la realidad, aparece la frustración, que puede manifestarse como enojo, tristeza, exigencia o crítica.

A veces, en nuestro deseo de que los chicos no sufran ni se frustren, intentamos resolverles las dificultades o responder a todas sus demandas. Aunque esta actitud suele nacer del amor y de la intención de protegerlos, cuando se vuelve habitual puede limitar sus oportunidades para desarrollar la resiliencia, aprender a lidiar con emociones desagradables, tolerar las esperas, flexibilizarse y resolver obstáculos.

Pero ¿se puede aprender a tolerar la frustración? ¡Claro! La tolerancia a la frustración se aprende, se entrena, porque es una habilidad emocional que nos permite afrontar obstáculos o fracasos sin desbordarse emocionalmente.

Implica aceptar que no siempre se obtendrá lo que se desea ni se conseguirá de forma inmediata. Es una capacidad muy valiosa para la vida, ya que nos permite actuar con flexibilidad y autocontrol, favorece nuestra madurez emocional y reduce el estrés. Cuanto más ayudemos a desarrollar esta capacidad en nuestros hijos, más herramientas tendrán para enfrentar las dificultades que les presente la vida y salir fortalecidos de ellas.

Pero ¡ojo! Enseñar a tolerar la frustración también implica revisar cómo la toleramos nosotros mismos. Somos modelos constantes y, para acompañarlos en este aprendizaje, necesitamos transitar este camino junto a ellos. Esto supone aprender a aceptar que saquen una mala nota, permitirles que resuelvan algunas dificultades por sus propios medios, acompañarlos cuando un amigo no les responde, cuando no los invitan a un plan al que van casi todos o cuando algo no les sale como esperaban.

Lo primero es reconocer y validar sus emociones sin minimizarlas, mostrándoles que es comprensible que se sientan de esa manera. Por ejemplo: «¿Cómo no te vas a sentir frustrado con todo lo que practicaste?». Cuando les ponemos nombre a las emociones que están sintiendo y las validamos, los ayudamos a comprenderlas y, progresivamente, a manejarlas.

La frustración como reacción emocional necesita tiempo para aliviarse. Si podemos acompañar su experiencia sin enojarnos ni criticarlos, aceptando su malestar y ofreciéndoles nuestra presencia, favorecemos que recuperen la calma. Y este es otro desafío: aprender a tolerar la espera en un mundo donde muchas cosas parecen tener que suceder de inmediato.

Les relatamos acerca de los tiempos que teníamos que soportar hasta revelar un rollo de fotos, de la espera de la canción que nos gustaba en la radio, de tener que aguantar hasta el martes siguiente para ver un nuevo capítulo de nuestra serie. Todos estos relatos les parecen de dinosaurios y no entienden el privilegio que nos ofrecían estas situaciones para aprender a tolerar la espera y la frustración. Ellos no tienen esta suerte: ¡desde bebés les damos el celular para que no se aburran en la sala de espera del pediatra ni en los restaurantes!

Siempre que sean acordes a su edad y a sus posibilidades, es importante permitirles que se enfrenten a pequeñas dificultades. En lugar de dejarlos ganar sistemáticamente a los juegos para evitar un berrinche, o de resolverles una tarea porque les resulta difícil, podemos acompañarlos mientras aprenden a manejar esas situaciones. Estas experiencias les permiten ejercitar recursos para afrontar los obstáculos sin vivirlos necesariamente como un fracaso personal. Poco a poco, podrán descubrir que algunas cosas salen fácilmente y otras requieren más tiempo, práctica y esfuerzo. Este aprendizaje se potencia cuando, además, les reconocemos el esfuerzo que hacen para conseguir algo y los animamos a probar distintas estrategias hasta lograrlo. Es clave no plantear expectativas demasiado altas, ya que corremos el riesgo de que sientan que, hagan lo que hagan, nunca será suficiente.

Por otro lado, los chicos y chicas también observan cómo reaccionamos los adultos ante las demoras, los errores propios y ajenos, las discusiones o los cambios de planes imprevistos. Nuestra manera de afrontar estas situaciones puede enseñarles mucho, incluso más que nuestras explicaciones. No se trata de reaccionar siempre de manera adecuada, sino de poder reconocer nuestros errores y mostrarles cómo intentamos repararlos.

Y quizás uno de los desafíos más difíciles de la crianza sea aceptar que no podemos evitarles el sufrimiento. La vida está llena de alegrías y oportunidades, pero también de tropiezos y pérdidas. Todo forma parte del camino.

El mejor legado que podemos darles es ayudarlos a desarrollar sus propios recursos para desenvolverse en la vida y buscar su propio bienestar. Ya que cuando, con la intención de protegerlos, resolvemos sistemáticamente sus dificultades, más frágiles y desprotegidos quedan ante el mundo, y no vamos a estar siempre para llevarles a la escuela la cartuchera que olvidaron en casa.

Seguinos!

spot_img
spot_img

Últimas notas

Puede Interesarte

PRINCESA A LA MODA: ANNE HATHAWAY

Anne Hathaway nació en Nueva York, fruto de la relación entre una actriz y un abogado, ambos procedentes de Filadelfia. Aunque asegura que nunca...

Artículos similares