Por María Florencia Faiatt, educadora en bienestar y creadora del Método MyYogaFlower

Durante mucho tiempo nos dijeron que, pasados los sesenta, el cuerpo y la mente solo podían ir cuesta abajo. La ciencia de las últimas décadas cuenta otra historia: el cerebro sigue cambiando toda la vida, los músculos siguen respondiendo al estímulo y lo que hacemos cada día, por pequeño que parezca, deja huella.
En mi trabajo integro herramientas de psicología, neurociencia, yoga y respiración, y hay una idea que repito en cada clase: el cuerpo no es algo que tenemos, es el lugar desde donde vivimos. Y ese lugar habla todo el tiempo. Una contractura, un sueño que se corta a las tres de la mañana, un cansancio que no se va con el descanso: muchas veces son mensajes de un sistema nervioso que pide atención. Aprender a escucharlo es, quizás, la habilidad más valiosa que podemos desarrollar a cualquier edad.
No se trata de grandes revoluciones. Se trata de gestos cotidianos que, repetidos, van reorganizando el cerebro. Acá te comparto siete.

1. Moverte todos los días (aunque sea un poco)
No hace falta un gimnasio. El cuerpo agradece el movimiento frecuente más que el esfuerzo heroico de una vez por semana. Caminar hasta la panadería en lugar de ir en auto, subir escaleras, bailar mientras cocinás: todo suma.
Después de los sesenta, dos capacidades merecen especial cariño: la fuerza y el equilibrio. La masa muscular tiende a disminuir con los años, y mantenerla se asocia con más autonomía y menos caídas. Un ejercicio sencillo: sentarte y levantarte de una silla sin usar las manos, diez veces, despacio. Otro: pararte en un pie mientras te lavás los dientes (con una mano cerca del lavatorio, por las dudas). Dos minutos que entrenan músculos, articulaciones y cerebro a la vez.
2. Respirar más lento para que el cuerpo entienda que está a salvo
La respiración es una de las pocas funciones automáticas del cuerpo que también podemos dirigir a voluntad. Y, a diferencia de otras, podemos modificar su ritmo durante varios minutos de manera sencilla, lo que la convierte en una puerta privilegiada hacia el sistema nervioso. Cuando alargamos la exhalación, se activa con más intensidad la rama del sistema nervioso asociada al descanso y la reparación, en la que participa el nervio vago.
Probá esto: inhalá por la nariz contando cuatro, y exhalá suave, también por la nariz o por la boca entreabierta, contando seis. Cinco minutos, sentado o sentada con la espalda cómoda. Es una práctica ideal antes de dormir o cuando la cabeza no para.
3. Sorprender al cerebro
El cerebro ama la rutina porque ahorra energía, pero crece con la novedad. A esta capacidad de cambiar y crear nuevas conexiones la llamamos neuroplasticidad, y no tiene fecha de vencimiento.
Algunas ideas para sacarlo del piloto automático: lavarte los dientes o revolver el café con la mano no dominante; volver a casa por otro camino; ordenar la mesa de otra manera; aprender algo que nunca hiciste, como un idioma, un instrumento, tango o un juego nuevo con tus nietos. La clave está en la combinación de novedad y un poco de desafío: si es demasiado fácil, el cerebro no se entera; si es imposible, se frustra.

4. Cuidar los vínculos como se cuida la salud
Uno de los estudios más largos sobre la vida adulta, realizado por la Universidad de Harvard durante más de ochenta años, llegó a una conclusión que sorprende por su sencillez: la calidad de nuestras relaciones aparece como uno de los predictores más fuertes de una vejez saludable y feliz.
La soledad no deseada, en cambio, se asocia con más inflamación, peor sueño y mayor riesgo de deterioro. Llamar a esa amiga, tomar unos mates con el vecino, sumarte a un taller, un coro o un grupo de caminata en la plaza del barrio no es un lujo: es una inversión en salud. Y no se trata de tener muchos vínculos, sino algunos en los que te sientas visto o vista de verdad.
5. Comer con colores y tomar agua antes de tener sed
Con los años, la sensación de sed suele disminuir, y muchas personas mayores pasan el día levemente deshidratadas sin darse cuenta. Eso puede traducirse en cansancio, dolor de cabeza, constipación o dificultad para concentrarse. Un vaso de agua al despertar y una botella a la vista durante el día ayudan mucho. El mate suma, pero no reemplaza al agua.
En el plato, una guía simple: más colores, más alimentos reales y menos ultraprocesados. Verduras y frutas variadas, legumbres, huevos, pescado, frutos secos. Y algo que a veces se olvida: incluir proteína en cada comida ayuda a sostener la masa muscular. Comer sin pantallas, masticando despacio, también es una forma de atención plena.
6. Volver a la naturaleza
Pasar tiempo al aire libre, entre árboles, cerca del agua o simplemente en una plaza, se asocia con menos estrés, mejor estado de ánimo y mejor descanso. La luz natural de la mañana, además, ayuda a ordenar el reloj interno que regula el sueño.
Una propuesta: diez o quince minutos de caminata a la mañana, sin auriculares, prestando atención a lo que ves, escuchás y olés. Sacarte el calzado y sentir el pasto bajo los pies. Regar las plantas con calma. La naturaleza no nos pide nada; solo que estemos presentes.
7. Revisar cómo te hablás (y cómo mirás el envejecer)
Acá entra la psicología, y es quizás el punto más poderoso. Las investigaciones de la psicóloga Becca Levy, de la Universidad de Yale, mostraron que las personas con una visión positiva sobre su propio envejecimiento vivieron, en promedio, varios años más que quienes lo veían de forma negativa. Otros estudios asocian el optimismo con mayor longevidad.
No se trata de un optimismo ingenuo, sino de notar el diálogo interno. Frases como «ya estoy grande para esto» o «a mi edad no vale la pena» funcionan como instrucciones que el cuerpo escucha. ¿Qué pasaría si las cambiaras por «todavía estoy aprendiendo» o «voy a mi ritmo»? Tener un propósito, algo que te entusiasme por la mañana, también protege: cuidar a alguien, enseñar lo que sabés, crear, sembrar.
Para empezar esta semana
No hace falta hacer todo junto. Elegí un solo gesto y sostenelo siete días: un vaso de agua al despertar, cinco minutos de respiración lenta antes de dormir, lavarte los dientes con la otra mano, o una llamada a alguien que extrañás. Cuando se vuelva natural, sumá el siguiente.
El bienestar no es una meta a la que se llega; es una manera de habitar el cuerpo. Y la buena noticia es que el cuerpo, a los sesenta, a los setenta y más, sigue dispuesto a escucharnos si nosotros aprendemos a escucharlo a él.

Sobre la autora
María Florencia Faiatt (Flor) es educadora en bienestar, con formación en psicología, neuropsicología, sexología, yoga y respiración funcional. Es creadora del Método MyYogaFlower, un enfoque integrativo que combina yoga, neurociencia, regulación somática y ciencia de la respiración. Instagram: @myyogaflower.









