HABLAR DE SEXUALIDAD CON ADOLESCENTES: EL SILENCIO TAMBIÉN “EDUCA”

Por Agustina Giménez Perri | Psicóloga y Sexóloga Clínica

Durante mucho tiempo, hablar de sexualidad con los hijos e hijas fue una conversación que se evitaba. Por vergüenza, por miedo, por no saber cómo empezar o, simplemente, porque crecimos en familias y en una sociedad donde de estos temas no se hablaba.

Pero hay algo que necesitamos entender: no hablar de sexualidad también es una forma de educar. El silencio transmite mensajes, construye creencias y, muchas veces, deja espacio para que la información llegue desde lugares que no siempre son seguros ni confiables.

Hoy, los adolescentes tienen acceso a muchísima información a través de las redes sociales, internet, sus amistades y la pornografía. Sin embargo, tener información no significa necesariamente comprenderla ni contar con las herramientas necesarias para tomar decisiones conscientes.

Y acá aparece una pregunta importante: ¿queremos que aprendan sobre sexualidad únicamente a través de una pantalla o queremos ser parte de esa conversación?

Hablar de sexualidad es mucho más que hablar de relaciones sexuales. Es hablar del cuerpo, de las emociones, del placer, de los vínculos, de los límites, del consentimiento y del respeto. Es enseñar que nadie tiene derecho a decidir sobre nuestro cuerpo, que podemos decir que no, incluso cuando antes dijimos que sí, y que no tenemos que hacer algo simplemente porque otras personas lo hacen o porque nuestra pareja lo espera.

También implica cuestionar ciertos mandatos que siguen presentes en nuestra sociedad: que los varones siempre tienen ganas, que las mujeres deben cuidar su reputación, que los celos son una demostración de amor o que insistir es una forma de conquistar. Educar en sexualidad también es enseñar a construir vínculos desde la igualdad, el respeto y la libertad.

Muchas familias esperan encontrar el momento perfecto para tener la charla, pero la educación sexual no debería reducirse a una única conversación. Se construye en lo cotidiano, a través de pequeñas preguntas, intercambios y, sobre todo, de nuestra manera de reaccionar cuando los adolescentes se animan a compartir algo.

Porque si cada pregunta viene acompañada de un reto, una burla o un sermón, probablemente la próxima vez elijan no preguntar.

Escuchar no significa aprobar todo, y acompañar tampoco significa dejar de poner límites. Significa construir un espacio donde puedan expresar sus dudas sin sentir vergüenza o miedo a ser juzgados. También implica respetar su intimidad y comprender que no necesitan contarnos absolutamente todo para que exista confianza.

Es importante que sepan que, si alguna vez atraviesan una situación incómoda, sienten presión para hacer algo que no desean o reciben contenido sexual que no pidieron, pueden acudir a una persona adulta sin miedo a que la primera respuesta sea un castigo.

Hablar de sexualidad no adelanta etapas ni incentiva necesariamente el inicio de las relaciones sexuales. Una educación sexual integral, adecuada a cada edad, brinda herramientas para tomar decisiones informadas, reconocer situaciones de riesgo y construir vínculos más saludables.

Quizás el objetivo no sea que nuestros hijos e hijas nos cuenten absolutamente todo, sino que sepan que, cuando necesiten hablar, van a encontrar a alguien dispuesto a escuchar.

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