La energía también se administra

Por Silvia María Balut. Lic. en psicología mat. 629

Cada mañana salimos de casa con una batería invisible. No la vemos como la del celular, pero está ahí: es nuestra energía física, mental y emocional.

A lo largo del día esa batería se va consumiendo. El trabajo, el estudio, la actividad física y las obligaciones cotidianas la desgastan. Pero también lo hacen acciones mucho menos evidentes: pensar, resolver problemas, controlar impulsos, mantener la atención o tomar decisiones.

Nuestro cerebro, aunque representa apenas el 2 % del peso corporal, consume cerca del 20 % de la energía del organismo. Por eso, a lo largo de la evolución, desarrolló una característica fundamental: la eficiencia. Siempre que puede, busca ahorrar energía. ¿Cómo lo hace? Automatizando conductas.

Cuando una acción se convierte en un hábito, el cerebro necesita invertir menos recursos para realizarla. Por eso podemos andar en bicicleta, manejar un auto o cepillarnos los dientes sin pensar conscientemente en cada movimiento. Los hábitos liberan recursos mentales para otras tareas.

El problema aparece cuando gastamos esa energía en decisiones que podrían estar resueltas de antemano.

¿Qué me pongo hoy? ¿Qué voy a cocinar? ¿Qué compro? ¿A qué hora hago ejercicio? ¿Respondo este mensaje ahora o más tarde?

Parecen decisiones insignificantes, pero cada una exige un pequeño esfuerzo mental. Cuando se acumulan, terminan consumiendo una parte importante de nuestra capacidad de atención y contribuyen al cansancio mental. Organizar esas decisiones o transformarlas en rutinas ayuda a liberar recursos para aquello que realmente importa.

Existe un concepto conocido como fatiga decisional, que describe el desgaste que experimentamos después de tomar numerosas decisiones a lo largo del día. A medida que ese cansancio aumenta, disminuye nuestra capacidad para analizar información, evaluar alternativas, mantener el autocontrol y elegir con la misma claridad con la que lo hacemos cuando estamos descansados.

Por eso muchas personas altamente productivas simplifican aspectos cotidianos de su vida. Preparan la ropa la noche anterior, organizan el menú semanal, establecen horarios fijos o convierten ciertas tareas en hábitos. No lo hacen por rigidez, sino para reservar su energía mental para las decisiones verdaderamente importantes.

Lo mismo ocurre con nuestro estado físico y emocional.

Cuando tenemos hambre, sueño, dolor, estamos agotados o atravesamos períodos de mucho estrés, nuestro cerebro dispone de menos recursos para pensar con claridad. En esas condiciones es mucho más probable actuar por impulso, interpretar las situaciones desde la emoción o tomar decisiones de las que luego podemos arrepentirnos.

Por eso, antes de una conversación difícil, una reunión importante o una decisión trascendente, conviene hacerse una pregunta sencilla:

¿Estoy en un buen momento para decidir?

A veces, la decisión más inteligente no es responder de inmediato, sino esperar unas horas, descansar, comer o simplemente recuperar la calma. Administrar la energía no significa hacer menos cosas; significa destinar nuestros recursos a aquello que realmente genera valor.

Automatizar hábitos, planificar tareas, simplificar decisiones repetitivas, descansar antes de llegar al agotamiento y cuidar el sueño, la alimentación y el manejo del estrés son algunas de las mejores estrategias para proteger nuestra energía mental.

Porque la energía no es un recurso infinito. Y cuando aprendemos a administrarla, también mejoran nuestra atención, nuestra productividad, nuestras relaciones y, sobre todo, la calidad de nuestras decisiones.

Así como no esperamos que el celular llegue al 1 % de batería para preocuparnos por cargarlo, quizás sea momento de empezar a preguntarnos cada día:

¿En qué estoy invirtiendo mi energía… y en qué la estoy desperdiciando?

Porque, al final, ¿de qué sirve tener tiempo si no tenemos la energía para disfrutarlo?

Seguinos!

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