Hay personas que llegan al escenario buscando interpretar un personaje. Carolina Fascio llegó para encontrarse a sí misma. Hoy forma parte del elenco de » Matilda, la hija de los dioses», una obra que se presenta con gran éxito en Tucumán, pero su historia comenzó mucho antes de que se encendieran las luces del teatro. Después de atravesar una experiencia que cambió su vida para siempre, descubrió en el arte un refugio, una herramienta y, finalmente, una nueva manera de vivir. En esta entrevista, comparte el recorrido que la llevó a transformar el dolor en fortaleza y a entender que siempre es posible volver a empezar.

Hoy transmitís una energía muy luminosa, como alguien que decidió disfrutar intensamente de la vida. ¿Cuándo sentiste que ese cambio empezó a suceder dentro tuyo?
La verdad es que sí. Hoy disfruto plenamente de la vida, me siento muy iluminada y lo que uno siente por dentro se nota por fuera. No soy lo que me pasó, eso no me define. Creo que el cambio empezó a suceder dentro mío cuando el arte me atravesó.

Muchas personas atraviesan momentos difíciles y sienten que la vida queda en pausa. ¿Qué cosas pequeñas o cotidianas te ayudaron a volver a encontrar alegría y entusiasmo?
Sí, sí, literalmente mi vida quedó en pausa, se paró el mundo. Lo que me ayudó a «volver» fue pensar que estaba acá para algo, pero todavía no lo había descubierto. Sé que todo tiene un propósito. Trabajé mi enojo sin juzgarme y acepté lo que la vida me estaba poniendo en el camino. El baile fue algo que me ayudó a encontrar alegría y entusiasmo; después vino la actuación. Mostrarme al mundo me dio confianza y seguridad en mí misma.
Detrás de cada historia hay personas que sostienen, acompañan y abrazan. ¿Quiénes fueron esos pilares en tu camino y qué aprendiste de cada uno de ellos?
¡Uff! ¡Tantos! Antes que nada, el Señor y la Virgen del Milagro, mis grandes salvadores.
Mi madre, pilar fundamental, siempre confió en mí. Me sacó adelante cuando nadie lo creía posible. Me enseñó que el tiempo es imperioso y a no bajar los brazos nunca.
Toda mi familia, cada uno desde el lugar que pudo.
Mis adoradas amigas, amigos, amigas de mi madre y, finalmente, llegaron los tres hombres de mi vida: Ezequiel, Gerónimo y Baltazar.
Aprendí que el amor es lo más poderoso del mundo.

El teatro y la danza llegaron a tu vida cuando muchos creen que ya es tarde para empezar algo nuevo. ¿Qué descubriste sobre vos misma arriba de un escenario que nunca habías podido expresar?
Descubrí que nunca es tarde. El arte llegó a mi vida cuando tenía que llegar, conmigo renovada, sin prejuicios ni miedo a equivocarme. Dejé atrás la timidez y los complejos, ya no busco la aprobación de los demás. Hoy me animo a todo y sé que los sueños siempre se cumplen. Tarde o temprano, el universo trabaja a tu favor. En el escenario soy inmensamente feliz.
Si hoy tuvieras que definir qué significa vivir plenamente, después de todo lo recorrido, ¿qué le dirías a alguien que todavía está esperando el momento ideal para empezar a disfrutar de la vida?
Le diría que no existe el momento ideal. El momento es AHORA. Es animarse a vivir descontracturada, pisar el pasto descalza, disfrutar del sol y de una luna llena. Agradecer. La vida es un regalo y somos tan afortunados de tenerla. Es lo que quiero transmitirles a mis hijos: lo poderoso y sabio que es nuestro cuerpo. Si nos guardamos lo que sentimos, nos enfermamos. Por eso no hay que guardarse nada ni esperar para disfrutar la vida.

¿Qué cosas ya no postergás? ¿Qué aprendiste a valorar hoy que quizás antes dabas por sentado?
No postergo nada. Aprendí a trabajar el merecimiento, a ser amorosa y compasiva conmigo misma, a valorarme y priorizarme. Rodearme de gente que vibra en mí misma frecuencia y no dar nada por sentado.
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