Por Florencia Faiatt
La neurociencia está comenzando a revelar que el yoga no solo trabaja sobre músculos y flexibilidad. Atención, regulación emocional, percepción corporal y adaptación cerebral podrían formar parte de una misma conversación. ¿Qué relación existe entre todo esto y nuestra capacidad de crear?
Cuando pensamos en yoga, probablemente aparezcan imágenes de personas realizando posturas, estirando el cuerpo, respirando profundamente o buscando unos minutos de calma.
Pero el yoga también puede ser pensado desde otro lugar: como una práctica que entrena la relación entre cuerpo, atención y cerebro.
Y esta perspectiva abre una pregunta fascinante: ¿podría una práctica corporal ayudarnos también a pensar de una manera más flexible, encontrar nuevas soluciones y desarrollar nuestra capacidad creativa?
La respuesta, desde la ciencia, todavía no es un “sí” absoluto. Pero cada vez existen más investigaciones que invitan a explorar esta relación.

Un cerebro que puede cambiar
Durante mucho tiempo se creyó que el cerebro adulto era prácticamente una estructura fija. Hoy sabemos que no es así.
La neuroplasticidad es la capacidad del sistema nervioso de adaptarse y modificar sus conexiones y su funcionamiento a partir de la experiencia, el aprendizaje y el entorno.
Esto no significa que podamos “reprogramar” nuestro cerebro a voluntad ni que una práctica puntual vaya a transformarlo de manera inmediata. La neuroplasticidad es un proceso complejo, gradual y dependiente de múltiples factores.
Pero existe una idea especialmente poderosa detrás de este concepto: nuestro cerebro aprende de aquello que hacemos repetidamente.

Cada vez que aprendemos una habilidad, modificamos un hábito, entrenamos una determinada forma de atención o practicamos una nueva respuesta frente a una situación, estamos ofreciendo al sistema nervioso una experiencia que puede contribuir a su adaptación.
Y el yoga tiene algo particular para aportar: combina movimiento, respiración, atención y percepción de las sensaciones corporales.
Una revisión publicada en 2025, que analizó 65 estudios sobre prácticas de yoga a largo plazo, encontró resultados relacionados con funciones sensorimotoras, interocepción —la percepción de lo que sucede dentro del propio cuerpo—, regulación emocional y funciones ejecutivas. Los autores, al mismo tiempo, señalan que existe una importante heterogeneidad entre los estudios y que todavía son necesarias investigaciones más rigurosas.
Es decir: la ciencia está encontrando señales interesantes, pero todavía estamos aprendiendo a interpretar exactamente qué significan.
¿Y qué tiene que ver esto con la creatividad?
Solemos pensar que una persona creativa es aquella que pinta, escribe, diseña o inventa.
Pero la creatividad está presente en muchas más situaciones de nuestra vida cotidiana.
Encontrar una solución diferente a un problema laboral. Resolver un conflicto. Cambiar una estrategia cuando algo no funciona. Pensar una nueva manera de enseñar. Imaginar posibilidades que antes no habíamos considerado.
Crear implica, entre otras cosas, poder salir de una única respuesta posible.
Para eso necesitamos cierta flexibilidad cognitiva: la capacidad de cambiar de perspectiva, combinar información, generar alternativas y adaptarnos cuando las circunstancias cambian.
Y aquí aparece nuevamente el movimiento.
Un metaanálisis que reunió 28 estudios de intervención encontró un efecto positivo de la actividad física sobre la capacidad de generar ideas creativas. Los efectos fueron mayores en intervenciones que se sostuvieron durante varios días o semanas en comparación con una única sesión de actividad.
Esto no significa que podamos afirmar que “hacer yoga nos vuelve más creativos”. La mayoría de estas investigaciones estudian actividad física en general y no específicamente yoga.
Pero sí nos permiten plantear una hipótesis interesante: el movimiento puede influir en algunos de los procesos cognitivos que participan de la creatividad.

El cuerpo también participa de nuestros pensamientos
Existe una idea que durante mucho tiempo estuvo muy presente en nuestra cultura: pensar era algo que ocurría principalmente “en la cabeza”.
Hoy sabemos que la relación entre cerebro y cuerpo es mucho más compleja.
La respiración, el movimiento, las sensaciones internas, el nivel de activación fisiológica y nuestras emociones interactúan permanentemente con los procesos cognitivos.
Cuando estamos atravesando un momento de estrés intenso, por ejemplo, nuestra atención puede estrecharse. Nos volvemos más sensibles a aquello que percibimos como amenaza o urgencia y puede resultar más difícil ampliar la mirada.
Eso puede ser útil si necesitamos reaccionar rápidamente.
Pero cuando queremos crear, aprender o resolver un problema complejo, muchas veces necesitamos exactamente lo contrario: espacio para explorar.
Espacio para equivocarnos.
Espacio para cambiar de perspectiva.
Espacio para no tener inmediatamente la respuesta.
Y una práctica como el yoga puede ofrecernos un contexto para entrenar esa capacidad.
La atención: volver una y otra vez
En una práctica de yoga, podemos concentrarnos en la respiración, en una sensación corporal o en el movimiento.
Pero la mente se va. Aparece un pensamiento. Recordamos algo que tenemos que hacer.
Nos preocupamos por el futuro. Volvemos al pasado. Y entonces regresamos a la práctica.
Esto sucede una y otra vez. Lo interesante es que la práctica no consiste en conseguir que la mente nunca se distraiga.
Consiste en darnos cuenta de que se distrajo y aprender a regresar.
Ese pequeño movimiento —distraerse, reconocerlo y volver— puede entenderse como una forma de entrenamiento atencional.
Y la atención es uno de los recursos fundamentales para aprender y crear.
No podemos trabajar con información que no registramos. No podemos combinar ideas que no podemos sostener mentalmente. Y difícilmente podamos observar nuevas posibilidades si nuestra atención está permanentemente capturada por estímulos externos o pensamientos automáticos.
Por eso, quizás uno de los aportes más interesantes del yoga no sea solamente “relajarnos”, sino ayudarnos a desarrollar una relación diferente con nuestra atención.
Flexibilidad corporal, flexibilidad mental
Hay una metáfora que me gusta especialmente.
En yoga hablamos mucho de flexibilidad.
Pero la flexibilidad no debería quedar reducida a cuánto podemos estirar un músculo.
También podemos preguntarnos:
¿Qué tan flexible soy frente a una situación inesperada?
¿Puedo modificar una estrategia?
¿Puedo aceptar que algo no salió como esperaba?
¿Puedo observar una emoción sin reaccionar inmediatamente?
¿Puedo considerar una perspectiva diferente de la mía?
¿Puedo abandonar una respuesta conocida cuando dejó de ser útil?
La práctica corporal puede convertirse entonces en un laboratorio de experiencia.
Una postura nos resulta incómoda. Respiramos. Observamos. Ajustamos.
Algo no funciona. Cambiamos.
Perdemos el equilibrio. Volvemos a intentarlo.
No se trata de convertir cada postura en una lección de vida, sino de reconocer que el cerebro aprende a través de la experiencia.
La adaptación también se practica.
Salir del piloto automático
Nuestro cerebro utiliza patrones y automatismos constantemente. Gracias a ellos podemos realizar muchas actividades sin tener que prestar atención consciente a cada pequeño detalle.
El problema aparece cuando esos automatismos empiezan a gobernar también nuestra manera de pensar.
“Siempre lo hice así.”
“Esto no es para mí.”
“Yo soy así.”
“No puedo cambiar.”
A veces confundimos un patrón aprendido con una característica permanente de nuestra identidad.
Una de las cosas que puede ofrecernos una práctica consciente es un pequeño espacio entre el estímulo y la respuesta.
Sentir. Observar. Respirar. Elegir.
Ese espacio puede ser pequeño, pero es profundamente valioso.
Porque entre lo que sucede y lo que hacemos con aquello que sucede existe, muchas veces, una posibilidad de elección.

Crear también necesita momentos de pausa
Hay una paradoja interesante en la creatividad.
Muchas veces intentamos tener una idea obligándonos a pensar más.
Sin embargo, algunas ideas aparecen mientras caminamos, nos duchamos, cocinamos, hacemos ejercicio o simplemente dejamos la mente descansar de una tarea.
La investigación contemporánea sobre creatividad muestra que generar ideas requiere la interacción de diferentes procesos cognitivos, entre ellos mecanismos asociativos y funciones de control ejecutivo. La creatividad no es simplemente “dejar volar la mente”, pero tampoco es solamente concentrarse de manera rígida en un problema.
Necesitamos ambos movimientos: explorar y seleccionar; imaginar y organizar; abrir posibilidades y luego evaluarlas.
Quizás por eso el movimiento y las prácticas que alternan atención y relajación resulten tan interesantes para estudiar en relación con la creatividad.
No porque exista una postura mágica que produzca ideas.
Sino porque estamos aprendiendo que el estado desde el cual pensamos también importa.
Entonces, ¿qué puede enseñarnos el yoga sobre nuestro cerebro?
Tal vez, antes que nada, que cuerpo y mente no son dos mundos separados.
Que aprender no ocurre únicamente cuando estamos sentados frente a un libro.
Que nuestra atención puede entrenarse.
Que nuestras respuestas pueden modificarse.
Que los hábitos dejan huellas.
Y que la capacidad de adaptación no es solamente una característica con la que nacemos: también puede desarrollarse a través de nuestras experiencias.
El yoga no debería presentarse como una solución mágica ni como un tratamiento para todo.
Tampoco necesitamos convertir cada descubrimiento de la neurociencia en una promesa.
Pero sí podemos utilizar el conocimiento científico para hacernos mejores preguntas.
Y una de ellas podría ser:
¿Qué estamos practicando todos los días con nuestro cerebro?
Porque practicamos la atención. Practicamos nuestros hábitos. Practicamos nuestras reacciones. Practicamos determinadas formas de pensar. Y, de alguna manera, también practicamos nuestra capacidad de cambiar.
Una pequeña práctica para empezar
No hace falta comenzar con una hora de yoga. Podemos sentarnos durante dos minutos y observar nuestra respiración. Sin intentar hacerla perfecta. Sin intentar eliminar pensamientos. Simplemente observando. Cuando la mente se vaya, reconocemos que se fue y volvemos. Después podemos hacernos una pregunta:
¿Existe otra manera de mirar aquello que hoy me preocupa?
No necesitamos encontrar una respuesta inmediatamente.
El objetivo es practicar algo mucho más simple: crear espacio para que aparezca una posibilidad diferente.
Porque quizás la verdadera flexibilidad no consista solamente en poder llevar una pierna detrás de la cabeza.
Quizás también consista en poder cambiar de perspectiva.
En aceptar que no siempre tenemos que responder de la misma manera.
En permitirnos aprender.
Y en comprender que nuestro cerebro, al igual que nuestro cuerpo, está diseñado para adaptarse.
El yoga puede ser una práctica para habitar mejor el cuerpo. Pero también puede ser una invitación a observar cómo habitamos nuestra mente.
Y tal vez allí encontremos una de sus posibilidades más interesantes: no solamente ayudarnos a sentirnos diferentes, sino ayudarnos a pensar, responder y crear de manera diferente.
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Florencia Faiatt
Educadora de Bienestar
Fundadora del MyYogaFlower Method
Yoga + Neurociencia
Miami, Florida, EE. UU.
@myyogaflower









