Gabriela Luque: una bailarina de alto vuelo

Por Gabriela Parentis

Con solo 27 años Gabriela Luque ya tiene un camino recorrido como bailarina profesional y es un orgullo para la provincia de Salta y el país. Nacida en Rosario de la Frontera y con un historial que refleja un gran trabajo desde la infancia, hoy puede decir que está materializando un sueño en realidad al radicarse en Europa y vivir de su profesión.

Como bailarina de Ballet y Danza Contemporánea desde hace 4 años que forma parte del ensamble de bailarines del Theater Lüneburg, en Alemania, y como si eso fuera poco, para la próxima temporada se abre un nuevo capítulo en la carrera de Gabriela, ya que fue contratada como bailarina solista en el Staatstheater Braunschweig del mismo país.

Desde revista abc nos pusimos en contacto con esta joven promesa de la danza para conocer su historia, motivo de inspiración para muchos bailarines que anhelan vivir de esta pasión. Es que entender de este idioma que habla con el cuerpo no deja de ser maravilloso contado por una protagonista.

Compartimos la entrevista en la que Gabriela Luque abre su corazón y no se guarda nada. Nos habla de su carrera, el modo en el que se encontró con la danza y de sus recuerdos y afectos más queridos. No te la pierdas.

                

¿Dónde y cómo comenzaste a bailar? Contanos de tus inicios.

Siendo muy pequeña comencé a bailar en casa. Con ayuda de mi mamá, hacía del living comedor un escenario perfecto para el movimiento. Me  gustaba expresar a lo grande. Y me encantaban el drama, las pasiones, el sentir. Desde esos efímeros instantes el improvisar era ya algo mágico y sublime. Debía mostrarlo, y digo debía porque me urgía una necesidad de producir con claridad ese acto escénico. Allí, entre sillones, saltaba, y entre sinfonías de Beethoven y unas cuantas canciones de Xuxa yo era quien quería y mi familia se deleitaba de ello.

Tenía muchos escenarios, entre ellos la casa de mi vecina Ada Pellicer. Ella es una pianista reconocida en mi pueblo que me invitaba cada día a la siesta a tomar mates. No sé ya si ella me invitaba o yo me hacía invitar de “prepo”, pero lo hermoso de todos aquellos encuentros es que ella al final de la merienda me tocaba el piano, conciertos complejos y maravillosos. Yo, claro, “chocha” le bailaba su música. Era algo tan especial lo que se generaba que a veces exhausta me sentaba en la caja del piano a sentir las vibraciones de las cuerdas. Hasta hoy puedo sentir esas cuerdas sonando en mí.

Era claro que necesitaba la danza y mi mamá me mandó a probar danza clásica al estudio Paloma Ballet de Mabel Bernacky, quien luego se convirtió en mi adorada maestra por muchos años, desde los 4 hasta los 16 años.

Después, gracias a la tutoría de la excelente Maestra Liliana Biagini en Salta Capital, me recibí de Profesora de Danzas Clásicas. Todo ese proceso con Mabel, Liliana y mis compañeras fue hermoso, de mucho trabajo y de crecimiento constante.

¿Cuándo supiste que querías ser bailarina?

Creo que siempre quise serlo.

Mi encrucijada fue más entre el ser bailarina y ser muchas otras cosas al mismo tiempo. Siempre fui muy deportiva y disciplinada, hice atletismo, tenis y otras disciplinas artísticas relacionadas al movimiento y a otras cosas también. Me atraían las letras, el lenguaje, la poesía y la naturaleza. Me iba muy bien en todo, tenía muchas ganas de aprender y generalmente estuve sobrecargada de actividades y de horarios que organizar para todas aquellas actividades extracurriculares.

¿Sentís afinidad por algún tipo de danza en particular?

Creo que aquí viene un gran reconocimiento a Rosario Caro Checa. Ella diseñó para Rosario de la Frontera una infinidad de espectáculos y opciones artísticas únicas, lo que claramente despertó en mí curiosidad y admiración. Con ella descubrí mi gran pasión por la danza contemporánea y pude experimentar distintos lenguajes de movimiento y nuevas experiencias escénicas.

Me prendía muchas veces con ella para seguir formándome en cada seminario de danza que existiera en Salta, Santa Fe, Córdoba o Buenos Aires.

Con ella transité muchos escenarios, tanto de sus propias producciones como de grandes competencias, lo que me hizo definir con mayor claridad el espectro de la danza que a mí más me interesaba.

¿Dónde estudiaste? Hiciste un recorrido por lugares e instituciones muy importantes, describinos tu carrera.

Estudié en muchos lugares. Cuando uno baila debe aprender de todo y de todos. Siempre fui bastante nómada en ese sentido, y me gustó la danza compartida, la que se aprende tanto de un reconocido maestro como de un colega.

Nunca deseché nada de quien quería darme y es eso quizás lo que hizo la abundancia que hoy puedo disfrutar.

“Salta Danza” de la mano de Sabrina Sansone hizo despertar mis deseos de dedicarme de lleno, impulsándome a realizar mis primeras audiciones en el mundo artístico. Vino luego la beca que gané para formarme en Buenos Aires en la Fundación Julio Bocca, y tuve la posibilidad a la vez de ser parte del Ballet de la Fundación Julio Bocca. Mi primera compañía en el mundo del espectáculo fue con la dirección del tan generoso Alejandro Ibarra. Lo que concluyó en mi entrada en la Licenciatura en Composición Coreográfica en la Universidad Nacional de Artes (U.N.A), una carrera que cursé al mismo tiempo de la gran prestigiosa formación del Taller del Teatro San Martín, dirigido por la Maestra Norma Binaghi. El Taller me marcó con inolvidables experiencias, tan vívidas como  inagotables, que luego se convertirían en motores y disparadores para la creación de mis obras.

Y mi primera casa en Europa fue en la imponente Suiza, donde fui parte de Cinevox Junior Company bajo la dirección de Malou Fenaroli Leclerc, quien será siempre de una u otra manera quien me abrió sus brazos hacia un futuro aquí en el exterior.

Soy feliz y privilegiada por tantos espacios y maestros que la vida me regaló, estaré eternamente agradecida.

¿Cuáles son, hasta ahora, las clases que más feliz te hicieron y las que más técnica te enseñaron?

En Buenos Aires pude vivir el vértigo de la profesión. Hay tantos buenos profesionales como también interesantes investigadores y curiosos en el rango, que quizás no pararía de enumerar.

Pero sí debo admitir que las clases que me marcaron mucho a lo largo de mi vida fueron en sus principios, en lo que respecta al ballet, la maestra Silvia Bazilis en el estudio de Patricia Arnoldi, en Salta Capital. Ver bailar a una figura de nuestro Teatro Colón a 2 metros tuyo no tenía precio para una niña de 12 años.

En lo que respecta a la danza contemporánea y a su entendimiento, debo mi adoración y gratitud a mi maestra  , quien gracias a la técnica Alexander, fue mi siguiente catapulta; ella me impulsó luego a seguir mi viaje hacia el exterior y hacia nuevos horizontes en el área de lo performático.

Y con respecto a la sensación de comunidad en la danza, no hay nada más satisfactorio que unas clases con Analía González, quien sería luego mi coreógrafa y yo su asistente. En sus clases reconectás con la naturaleza misma del por qué elegís bailar y tenés la poética e intensa sensación del movimiento de los demás alrededor tuyo con una misma intención.

Ni hablar de su Compañía en Movimiento, la C.E.M, que es una prodigiosa familia de artistas de la cual tuve el gran placer de ser parte y con la que pude compartir vida y momentos únicos, como la experiencia de asistir coreográficamente a Analía para la creación de su segunda Obra “Hasta Siempre” para el Ballet Contemporáneo del Teatro San Martín, bajo la dirección de Mauricio Wainrot.

Podemos decir que exploraste y que estás viviendo tu sueño… ¿Buscaste lo que te está pasando o no te lo esperabas?

Yo creo que me formé mucho para desenvolverme ante ciertas situaciones, tanto en lo profesional como en lo personal, aunque en sí todo dependa de dónde está uno en ese momento oportuno. Pero, también importa la ligereza para ir en busca del momento. Estoy viviendo del arte con orgullo del camino recorrido. ¿Qué más puedo pedir, si es aquello que me apasiona?

Hoy mi carrera se expande como bailarina también hacia nuevos y más desafiantes rubros, como la coreografía y la performance. Aparte de mi trabajo en el Teatro me dedico a realizar mis propios proyectos en museos, en escenarios y otros espacios como iglesias. Hace 3 años que vengo creando para la prestigiosa Saint Michaelis Kirche, bajo la tutela de Henning Voss. Tiene un valor particular porque fue la Iglesia en donde realizó sus primeros pasos como compositor Johann Sebastian Bach. Imagínense cómo puede sentirse uno ante esa sensación de responsabilidad y honor que eso conlleva. ¡Y, claro, mucha felicidad de por medio! 

              

Entrar en este círculo no es fácil ¿Qué se necesita para poder poner un pie dentro?

Se necesita QUERER y actuar en consecuencia a ese deseo.

¿Qué sentís antes de una presentación, cuando estás bailando y cuando se cierra el telón?

Cada función es diferente. Aquí, en Alemania, es un gran privilegio el poder contar con estructuras sofisticadas y organizadas en lo que respecta al mantenimiento y organización de un Teatro. El público alemán consume mucho arte y también sorpresivamente mucha danza, lo que lleva a que uno responda recíprocamente con cierta generosidad y alegría.

Para cada función yo debo estar entre 1.30 o 2 horas antes para comenzar a prepararme, así que generalmente cada uno de los bailarines tiene su propia rutina, dependiendo de los horarios determinados por el sector de Maquillaje.

Luego, el preparar el cuerpo para la función es algo más sagrado para mí. No siempre necesito lo mismo para poder calentar mis músculos y articulaciones. Debo ser cuidadosa y responsable de mi propio instrumento. Eso determinará a su vez lo libre y preparada que me sentiré en el escenario luego.

Cuando estoy bailando todo puede pasar. Es como si la experiencia nunca se repitiera por más que hacemos más de 100 funciones anuales contando obras de danza, musicales, óperas, opperetas, Kinder Ballet para los niños y obras de teatro. Siento una energía increíble, inexplicable, liberadora.

Y cuando se cierra el telón, lo primero en reflejarse es el agotamiento físico, por la carga que tiene para el cuerpo el trabajo de un bailarín, pero yo en particular siento la tranquilidad que te hace volver a conectarte con vos mismo. Quizás a veces es más profunda o simple, eso no importa, lo importante es que hace posible la conexión.

De lo que hacés en danza ¿qué es lo que menos te gusta y cuál es tu momento preferido?

Lo que menos me gusta quizás son las órdenes, sin que eso se malinterprete. Cada cuerpo es único y cada persona lo siente y lo vive como tal. Hay una línea muy delgada en el respeto a esa individualidad en el bailarín y yo deseo para el mundo de la danza y para el mundo en general que esas líneas puedan ser más respetadas y cuidadas. Somos nuestro propio instrumento y, aunque a veces queramos, no podemos separarnos de él. Eso, contradictoriamente o no, es lo especial y lo efímero que caracteriza nuestro arte, y debería, sin dudas, empezar primero por la valoración hacia uno mismo.

Mi momento preferido es cuando algo distinto sucede en el escenario que hace que todo sea diferente. Ese momento de total evidencia y desnudez ante el público que puede ser extremadamente atemorizante como satisfactorio. Y si el público es el de Lüneburg, el temor se te va enseguida por los maravillosos y calurosos aplausos que demuestran el amor y la gratitud por el trabajo de sus artistas.

Con todo lo que te está pasando, ¿cómo te ves de acá a 20 años? ¿Qué sueños te quedan por cumplir?

No sé siquiera si puedo imaginarlo. Lo que sé es que no estoy perdida y que si me pierdo volvería a redireccionar el timón. También hay un tabú muy confuso acerca de la vida útil que tiene un bailarín. Quizás porque nunca me vi solo como una bailarina, no tengo ese miedo. Siento que todo va mutando en uno con el tiempo y que el arte siempre será mi motor y guía, pero estoy segura de que podría hacer cualquier cosa que me proponga.

Seguinos!

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