Por India Pila
Envueltos en sol y tierra, las ráfagas de más de 30 nudos lo mueven todo. Los colores de los atardeceres parecen acuarelas inocentes, con esa misma inocencia que tienen los arcoíris y los unicornios.
Sigo, y seguiré, investigando e investigándome a mí misma.
De eso se trata la vida. El sentido de la vida de cada uno es ese: conocerse para poder ejercerse.
Saber quiénes somos y cómo somos es una tarea diaria, en gerundio; es decir, constante y permanente. Es la vida misma, que es movimiento. De hecho, ya se ha demostrado que el movimiento, acompañado de determinado ritmo cardíaco, está directamente relacionado con la juventud del cerebro y con el desarrollo de la inteligencia. Un desarrollo que, como también sabemos, nunca termina.
El señor que me enseñaba palabras nuevas me acusa de buscarle la quinta pata al gato, de revolver demasiado las cosas. Le digo que me he dado cuenta de que mi manera de amar y la suya son incompatibles. Que lo que él esperaba de mí resultó incompatible con lo que yo esperaba de él.

Me responde que había renunciado a todo lo que esperaba y que se adaptaba a lo que yo quisiera, como yo quisiera y cuando yo quisiera.
Entonces le digo que justamente eso no es justo ni respetuoso consigo mismo, y que no me gusta lo que siento frente a esa actitud.
Creo que no entiende lo que intento decirle. O no quiere entender. Y, a veces, yo tampoco soy del todo clara.
Le hablo de las hormonas disparadas en el cerebro, de las funciones biológicas —reales y comprobadas— que nos hacen sentir amor, atracción y apego; y, por lo tanto, también adicción. Quisiera tener una conversación interesante, quizás apasionante, sobre el tema. Pero no encuentro interés ni valoración de su parte. No hacia mí, claro, sino hacia el tema.
Me acusa y me culpa de haber hecho yo que él sintiera determinadas cosas. Y la conversación, por momentos, se vuelve imposible.
Porque para mí es realmente vital comprender el funcionamiento del cerebro y entender qué producen esas descargas químicas tan precisas, diseñadas para nuestra supervivencia.
Elegimos a quien amamos de una manera que, en términos biológicos, favorece la posibilidad de crecer juntos y construir lealtad y confianza duraderas. Pero después hay que seguir generando deseo, amor y apego, ya no desde un mandato ancestral que solo piensa en la supervivencia de la especie, sino desde el deseo concreto de compartir la vida con esa persona en particular.
Que esa relación nos enriquezca. Que contribuya a que seamos más sanos y más inteligentes con el paso del tiempo.
Una relación así depende de una decisión diaria y consciente.
El amor y el deseo no se sostienen solos. Nada lo hace. Todo necesita impulso, presencia y coparticipación.
Es necesario entender que nuestro cerebro no está diseñado para hacernos felices. La felicidad es una decisión; también un trabajo intelectual. Lo mismo ocurre con el vínculo amoroso.
Ese es, quizás, el gran desafío del ser humano: la relación con uno mismo y con el otro.
Por eso pienso que poner las cartas sobre la mesa es absolutamente necesario. Separar el romanticismo cultural y social de las funciones biológicas.
Porque cuando esas funciones disminuyen su intensidad —y disminuyen, porque así estamos hechos— empieza el verdadero trabajo.
Hay que pensar, buscar, solucionar, crecer y evolucionar.
Hay que hablar, jugar, reír, equivocarse y aprender. Juntos.
Hay que sofisticar nuestro cerebro. Reeducarlo. Entrenarlo, como se entrena cualquier otra capacidad.
Amor serio. Amor verdadero. Amor que nos haga ir hacia el otro en paz y sin juzgar.
Amor con mucho sentido del humor.
Amor con un profundo sentido de la otredad: comprender que el otro es realmente otro, con pensamientos, emociones y necesidades propias, que no deberían desestimarse, sino despertar nuestra curiosidad.
Curiosidad por las diferencias.
Respeto por los cambios de opinión.
Aprender a escuchar.
No tener miedo de que el otro use su poder contra nosotros. Porque la vulnerabilidad del otro, cuando está en nuestras manos, también nos da poder para dañarlo.
Confiar para compartirse por puro gusto. Que la exclusividad nazca de un deseo libre y alegre, y no de una obligación.
En fin… cuánto nos queda por pensar, conocer y aprender.
Pienso que los seres humanos somos fascinantes porque poseemos una capacidad extraordinaria: la posibilidad de ser felices, aun cuando no hayamos sido diseñados para ello.
haceme unas ilustraciones o fotos para esta nota









