Mabel Rodó: pintar el norte, escribir la memoria

Mabel Rodó presenta su nuevo libro y abre la puerta a una vida hecha de paisajes, oficios y memoria. Su obra plástica —entre colores, texturas y silencios— encuentra en estas páginas un registro íntimo: escenas que forjaron una mirada y un modo de habitar el norte. Conversamos con ella sobre el origen del proyecto, la elección de imágenes y los aprendizajes que deja en quienes lo leen.


¿Cuál fue la primera imagen o recuerdo que te dijo “acá hay un libro”? ¿Por qué sentiste que este era el momento de publicarlo?

La primera imagen apareció cuando empecé a dibujar de forma más consciente mi historia y mi paisaje. Sentí que mis obras y mi historia familiar no podían quedar solo en el taller: merecían ser compartidas. Después de años de crear, observar y reflexionar sobre mis raíces, entendí que era el momento de publicar para que otros puedan conocer y valorar la belleza y el sentido de nuestra cultura y nuestras tradiciones.


¿De qué manera tu formación y tu experiencia de vida modelaron la estructura del libro (ritmo, capítulos, materiales, fotos)?

Mi experiencia en la vida rural marcó el ritmo del libro. Quise que se sintiera como un recorrido: primeros pasos, escenas cotidianas, oficios, producción y paisaje. Las obras al óleo que lo acompañan no están puestas como “decoración”, sino como parte del relato: son representaciones visuales de la vida y de la producción en los Valles Calchaquíes.

Hay productos que aparecen como símbolos —pimiento, poroto, alfalfa— porque cuentan una forma de trabajo y de pertenencia. Los colores y las texturas buscan evocar la tierra, la luz y la naturaleza: que el lector no solo lea, sino que también “entre” al lugar.


Tu pintura trabaja con memoria, territorio y oficios. ¿Cómo dialogan esos ejes con el texto? ¿Hay obras que funcionen como “capítulos visuales”?

Sí, totalmente. El libro se apoya en una práctica de dibujo y en un recorrido por mis primeras exposiciones, que funcionan como capítulos visuales: Achalay, La constelación vitivinícola de los Valles Calchaquíes y el Homenaje al Dr. Arne Hoygaard. En conjunto, esas obras y el texto construyen una mirada más reflexiva: la idea es que el lector/espectador pueda observar la esencia de la historia a través de la imagen.

El territorio no aparece solo como fondo: aparece como identidad. Y los oficios —la producción, el trabajo cotidiano— son parte de la memoria viva del valle. Por eso, el libro intenta crear una conexión visual y emocional con el Alto Valle Calchaquí.


¿Qué decisiones estéticas trasladaste de tu taller al libro y qué descubriste al pasar del lienzo a la página?

Quise que el libro refleje la esencia de Cachi a través de mis óleos: la belleza natural del paisaje, pero también una idea de compromiso y seriedad en el modo de vivir y trabajar. Al pasar del lienzo a la página descubrí otra forma de narrar: en el cuadro el impacto es inmediato; en el libro importa la secuencia, el “antes y después”, el diálogo entre texto e imagen.

Tuve que pensar más en el montaje: qué imagen abre, cuál acompaña, cuál respira sola. Y entendí algo hermoso: en un libro, el tiempo lo pone el lector. Eso cambia todo.


Si una lectora joven abre el libro sin conocerte, ¿qué aprendizaje te gustaría que se lleve sobre identidad, trabajo y pertenencia?

Me gustaría que se lleve una idea clara: valorar la cultura del trabajo, del esfuerzo y de la dedicación. No como un discurso, sino como un ejemplo posible para estos tiempos y para las nuevas generaciones.

Y ojalá el libro también cambie su mirada del paisaje: que no lo vea solo como “bonito”, sino como un lugar con historia, con gente, con oficios y con memoria. Que entienda que el territorio también se hereda y se cuida.

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