CLICK

Cuando la “modernidad” nos pisa los talones, hay quienes resisten el cambio hasta el último estertor y viven en el feliz mundo de la ignorancia, y quienes deciden amigarse con la tecnología y ejercer el “hago lo que puedo”.

Si lo pensamos mejor ahora todo está a un click de distancia, por ejemplo: antes, al terminar una relación había que quemar las fotos y las cartas (mucho trabajo), en cambio ahora solo basta con bloquear, eliminar y a otra cosa (tarea que a lo sumo lleva 2 minutos). De hecho, se conocieron casos aberrantes de rompimientos de relaciones por Whatsapp. Sin emojis, sin audios. Dos renglones con un “te deseo lo mejor” y listo. Cobardía cibernética le dicen.

Además es muy fácil saber si alguien se separa o se pelea, basta con entrar al perfil del estalkeado y darse cuenta de que eliminó todas las fotos que tenían en tiempos más felices; aunque claro, la certeza absoluta de una separación viene cuando se dejan de seguir. Eso es el final. No hay vuelta.

Pensar que en los 80 levantábamos el tubo del teléfono para ver si tenía tono y ahora solo hay que verificar si está en línea o ver el doble tilde celeste de whatsapp para ver si leyó el mensaje (esto también puede traer horas de zozobra).

No podemos negar el pragmatismo de quienes inician un chat por alguna red social, chatean 3 años y medio y se cuentan las cosas más íntimas sin siquiera haberse conocido personalmente. ¿Oyeron hablar del sexo telefónico? Higiénico, seguro, nadie se tiene que trasladar y vestirse a las 3 de la mañana para tomarse un taxi. La cosa sana.

Más de una vez escuchamos la frase “en mi época los padres le poníamos el chupete a nuestro hijo, ahora le dan la tablet”. Claro, lo que pasa es que en tu época no había tablet y por eso le daban el chupete.

Muchos éramos socios (con carnet y todo) de aquellos videoclubes en los que nos perdíamos por horas enteras hasta decidirnos por una película, pero aproximadamente desde 2015 ya no hacemos filas ni pagamos multas por devolverlas fuera de plazo. Ahora el streaming en plataformas como Netflix o Youtube han ganado millones de usuarios que vemos las películas a la hora que queremos y a donde la conexión a internet nos lleve. Horas de probadores y kilómetros de vidrieras recorridas con abuelas y madres en rituales de sábado a la mañana, con la intermitencia de un cafecito o un helado para recargar fuerzas, versus llenar espacios con datos, confirmar pedido y completar con número de tarjeta para comprar por Amazon o Mercado Libre, desde un sweater hasta una retroexcavadora. Me gusta pensar que se pueden hacer las dos cosas.

Si habremos grabado canciones de la radio apretando Play Rec en cassettes TDK que salían cortadas y con la voz del locutor diciendo la temperatura casi al final para después escucharlas en un walkman, pero ahora nos enamoramos de Spotify. Y no está mal.

Pensar que hay quienes plantados en una especie de rebelión nostálgica, no tienen redes sociales ni correo electrónico (como los salvajes). Y en ese afán de demostrar que son rebeldes se pierden de la mitad de lo que pasa en el mundo, inclusive de su mundo con fotos de sus hijos creciendo. No los vamos a juzgar pero por las dudas los bloqueamos.

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