Por: Bernardo R. Berri – Director Creativo, Branda
La era digital nos enseñó a simplificar las marcas. El problema es que, en el camino, muchas terminaron simplificando también aquello que las hacía únicas.
Durante años el diseño de identidad persiguió una consigna casi indiscutible: simplificar.
Había buenas razones. Un logo debía funcionar en una pantalla pequeña, en el avatar de una red social, en una app, en un favicon o en una interfaz. Menos detalles, menos colores, tipografías más limpias, sistemas gráficos más flexibles.
El problema apareció cuando una necesidad técnica se convirtió en una estética universal.
De pronto, marcas de industrias completamente diferentes comenzaron a utilizar las mismas tipografías sans serif, composiciones similares y paletas cada vez más neutras. En el mundo del lujo fue particularmente evidente: Burberry, Saint Laurent, Balenciaga, Dior y muchas otras atravesaron procesos de simplificación que terminaron generando una sensación de uniformidad.
El fenómeno incluso tiene nombre: blanding. Branding que, paradójicamente, termina mezclándose con todo lo demás.
Ser reconocible vale más que ser moderno
Tiffany entendió esto hace muchísimo tiempo.
Su famoso Tiffany Blue no necesita prácticamente explicación. El color está registrado como parte de la identidad de la compañía y Pantone desarrolló específicamente el tono “1837 Blue”, llamado así por el año de fundación de la marca. Una caja sin grandes recursos gráficos puede ser inmediatamente reconocible simplemente por su color.

Eso es identidad.
Coca-Cola es otro caso interesante. Ha modernizado innumerables veces su sistema visual, pero nunca sintió la necesidad de borrar aquello que la gente reconocía. Su escritura Spencerian nació en 1886 y, con pequeñas modificaciones, continúa siendo uno de sus principales activos visuales. Incluso en su actualización global presentada en julio de 2026, Coca-Cola decidió potenciar nuevamente el rojo, la cinta dinámica y su histórica tipografía en lugar de reemplazarlos por algo supuestamente más contemporáneo.

Modernizar no necesariamente significa cambiar.
Pepsi y la obsesión por volver a empezar
En el extremo contrario podría estar Pepsi.
Pocas grandes marcas han modificado tantas veces su identidad. El círculo permaneció, pero tipografías, proporciones, volúmenes y estilos fueron cambiando una y otra vez.
Paradójicamente, su rediseño de 2023 terminó mirando hacia atrás: volvió a integrar el nombre dentro del círculo y recuperó elementos reconocibles de etapas anteriores de la marca. La propia compañía explicó que buscaba conectar las nuevas generaciones con sus 125 años de historia.
Después de décadas intentando parecer nueva, Pepsi descubrió que parte de la respuesta estaba en parecerse nuevamente a Pepsi.

Las marcas están recuperando lo que habían borrado
Y no es un caso aislado.
Burberry recuperó en 2023 su histórico Equestrian Knight, un símbolo nacido alrededor de 1901 que había perdido protagonismo durante su etapa más minimalista.
Burger King hizo algo parecido en 2021: abandonó buena parte de la estética tecnológica de su identidad anterior y volvió deliberadamente a un lenguaje inspirado en su logo de finales de los años 60, con formas, colores y tipografías mucho más vinculadas al producto.
Dior comenzó a recuperar en 2025 su logotipo de 1946, alejándose del DIOR en mayúsculas que utilizaba desde 2018.
Y Lacoste acaba de dar quizá uno de los ejemplos más claros. En 2026 presentó una nueva identidad que vuelve sobre sus archivos: reaparecen tipografías serif, ilustraciones, la firma manuscrita de René Lacoste, el verde histórico e incluso se hace más visible la pequeña lengua roja del cocodrilo.
Después de años eliminando detalles, las marcas están empezando a recuperarlos.
Simplificar no debería significar borrar
Esto tampoco significa que todo minimalismo sea malo.
Mastercard demuestra lo contrario. Eliminó incluso su nombre en determinados usos porque sus dos círculos rojo y amarillo ya eran suficientemente reconocibles: según la compañía, más del 80% de las personas identificaba espontáneamente el símbolo sin necesidad de leer “Mastercard”.
Ahí está la diferencia.
Mastercard simplificó porque tenía un activo reconocible. No simplificó hasta dejar de tenerlo.
Una identidad visual no debería evaluarse únicamente preguntando si funciona a 24 píxeles, si se adapta bien a Instagram o si parece contemporánea.
La verdadera pregunta es otra:
Si quitamos el nombre, ¿queda algo que solamente pueda pertenecer a esa marca?
Puede ser un color. Una tipografía. Una forma. Un personaje. Un patrón. Una manera particular de fotografiar. Incluso una imperfección.
Porque una marca no necesita ser perfecta









