Por Agustina Giménez Perri. Psicóloga – Sexóloga clínica

Cuando hablamos de sexualidad, pareciera que todo gira alrededor de la juventud. Las películas, las publicidades y hasta las redes sociales suelen mostrar cuerpos jóvenes, relaciones intensas y una idea bastante limitada de lo que significa disfrutar. Como si el deseo tuviera fecha de vencimiento.
Sin embargo, la realidad es otra.
La sexualidad no desaparece después de los 50. Lo que cambia es la forma de vivirla. Y entender eso es fundamental para dejar atrás muchos mitos que, todavía hoy, generan vergüenza, culpa o la sensación de que «ya no corresponde».
Uno de los más frecuentes es creer que el deseo tiene que ser igual al de los 20 o los 30. El deseo cambia a lo largo de toda la vida, no solo con la edad. Se ve influido por el estrés, la salud, los vínculos, las experiencias y el momento personal que cada uno está atravesando. No existe una cantidad «normal» de deseo ni una manera “correcta” de sentirlo.
Otro mito muy instalado es pensar que la sexualidad se reduce al coito. En realidad, la sexualidad es mucho más amplia: incluye el placer, las caricias, la intimidad, la comunicación, el afecto y el encuentro con la otra persona. Puede vivirse en pareja, en vínculos ocasionales o de manera individual; ninguna de esas formas es más válida que otra. Muchas personas descubren, justamente en esta etapa, formas nuevas de conectar, sin la presión de cumplir con determinadas expectativas.
También es importante hablar de los cambios físicos, porque muchas personas los viven en silencio creyendo que «solo me pasa a mí». Y no. Son cambios esperables del curso de la vida. Así como durante la adolescencia es normal atravesar una revolución hormonal que transforma el cuerpo, las emociones y la manera de vivir la sexualidad, después de los 50 también ocurren cambios propios de esta etapa.
En las mujeres, la menopausia puede traer modificaciones como sequedad vaginal o cambios hormonales. En los varones, es frecuente que la respuesta sexual cambie, que la erección necesite más tiempo o que el deseo se exprese de otra manera. Nada de esto significa que haya algo «mal» ni que la vida sexual se haya terminado. Son procesos naturales del paso del tiempo que pueden acompañarse, tratarse cuando generan malestar y, sobre todo, comprenderse sin vergüenza ni culpa.

Quizás el mito más injusto sea creer que, a determinada edad, el placer deja de ser importante. Como si disfrutar fuera un privilegio reservado para las personas jóvenes. Pero el derecho al placer no tiene edad. Tener más años no implica renunciar al deseo, al erotismo ni a la posibilidad de seguir descubriéndose.
De hecho, muchas personas cuentan que viven su sexualidad con mayor tranquilidad que antes. Con menos inseguridades, menos necesidad de cumplir expectativas ajenas y más libertad para expresar lo que les gusta y lo que no.
El desafío no es que el cuerpo siga respondiendo como a los 20, sino aprender a escuchar el cuerpo que tenemos hoy. Porque una sexualidad saludable no se mide por el rendimiento, sino por el bienestar, el deseo, el placer y la posibilidad de vivirla de una manera que nos haga sentir bien.
Hablar de sexualidad después de los 50 también es hablar de calidad de vida. Teniendo en cuenta que el bienestar sexual forma parte de la salud y merece ser conversado sin prejuicios, tanto en la pareja como en los consultorios profesionales.
Después de los 50 no se termina la sexualidad. Se termina, o al menos debería terminar, la idea de que existe una única manera de vivirla.









