EL RITUAL DE LAS VELAS

Por India Pila

Todo es nuevo y, a la vez, familiar. Conocido por los ancestros que viven dentro de mí.

Me he mudado, finalmente, a mi rancho de anchos cimientos de piedra y gruesas paredes de barro.

No tengo electricidad, así pues, de noche vivo rodeada de velas de todos los tamaños, y mi sombra me acompaña por toda la casa.

Burlona, se agiganta hasta abarcarlo todo: suelos, paredes, techos; o se hace pequeña, o toma mi exacta medida, prudente.

A diferencia de Peter Pan, no pretendo que me deje en paz. La dejo hacer mientras camino por la casita, tomando los tamaños que le inspiran las velas.

Algunas veces me sigue, otras va por delante o desaparece. Y si la llama baila, mi sombra baila con ella.

Es una gran suerte que su presencia no me moleste en lo más mínimo, ya que estamos ella y yo solas en el rancho. Comemos juntas todas las noches y, mientras cocino, va y viene conmigo todo el tiempo. Es muy discreta, no hace ruido, por lo que termina siendo una compañía bastante agradable.

Algunas noches hasta juego con ella. Hacemos pases de baile juntas o ejercicios de estiramiento que sospecho le divierten mucho, porque se alarga absurdamente o bien toma posturas imposibles.

El baño ha pasado a ser un ritual lleno de belleza, un ritual sin tiempo, con vapores tibios y olor a jabón en pan.

Pongo a hervir un poco de agua en cuatro ollas enlozadas de diferentes tamaños y, mientras se calienta, voy poniendo varias velas en el antepecho de la mampara de hierro.

Cuando el agua está lista, coloco las ollas dentro de la enorme bañera de cemento, rodeando con ellas el espacio donde estará mi cuerpo arrodillado. Me quito la ropa y mi sombra desnuda se deleita con la promesa de la limpieza. Yo también.

Quito las tapas de las ollas y el vapor se une al calor de las llamas, entibiando el aire que nos rodea.

Con una esponja de fibra vegetal me froto la piel agradecida e inmediatamente mezclo agua hirviendo con agua fresca del grifo en un jarro pequeño. Cada chorro que recibo es como un bálsamo, un placer tan claro y simple que me hace reír de contenta. Agradezco las caricias, la limpieza, el milagro del agua en mi cuerpo.

Si hace frío, enciendo los fuegos de dos salamandras, una en mi cuarto y otra en el espacio que ocupa el resto de la casa.

Me duermo escuchando el silencio, los perros lejanos, los troncos crepitando con las llamas.

Me despierto mirando la timidez del sol sobre los altos picos de las montañas monumentales que nos abrazan.

Seguinos!

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