CUANDO LA ATENCIÓN FALTA Y LA ACTIVIDAD SOBRA

Prof. y Lic. en Psicología. Docente del Centro de investigación y docencia Salta del Instituto Oscar Masotta, perteneciente a la Escuela de la Orientación Lacaniana y a los Institutos del Campo freudiano de la Asociación Mundial de Psicoanálisis. Docente de las Cátedras de Psicología Evolutiva I: Niñez y adolescencia y Psicopatología Infanto-juvenil y del adulto. UCASAL. Investigadora del consejo de investigaciones UCASAL.

Por Ana Lucía Soler

Cuando un niño se desconcentra, se olvida, se distrae, se desorganiza, no logra mantener su atención, el resultado es que no aprende y se frustra. De inmediato surge la etiqueta: sufre ADD (Trastorno por déficit de atención) y si a esto se le añade despliegue de actividad el cuadro se vuelve: TDAH (Trastorno por déficit de atención e hiperactividad).

La angustia y sufrimiento que ello provoca en los padres los conducen a buscar variadas soluciones que incluyen a diferentes profesiones ligadas a la salud y educación, prácticas no convencionales y alternativas, consejos aferrados al sentido común e incluso intervenciones ligadas al pensamiento mágico o esotérico.

Así vemos que cuando ante una problemática compleja y con diversas aristas se busca una rápida y unívoca solución, lo esencialmente desatento y des-atendido es el niño, equivocando el camino al reducir la respuesta a una perspectiva parcial e inmediata, en la que no se contempla su singularidad y los tiempos necesarios para que atraviese las situaciones y desafíos que le exige la vida.

Lo cierto es que cada día hay más niños que no prestan atención, niños que perturban y padres que buscan repuestas porque se sienten perdidos.

El problema está en que, en el formato de vida actual, la pregunta está mal formulada ya que apunta a encontrar herramientas: ¿Cómo hago para que mi hijo se concentre? Y en muchos casos también, mal dirigida, ya que busca encontrar héroes salvadores y/o soluciones mágicas e inmediatas ¿Cuál es la receta/ medicamento/persona que puede solucionarlo?

Ya sea que los niños se muestren “como ausentes” en el primer caso o “excesivamente impulsivos y actuadores” en el segundo, lo que se encuentra por debajo de esa conducta defensiva es un niño desorientado y angustiado frente a alguna circunstancia que no logra resolver o que es nueva para él. Y si a esto se le suma: una cotidianeidad igualmente acelerada, llena de objetos de consumo y pantallas por doquier, junto a padres apurados por encontrar es una exacerbación de la problemática.

Surge otra vía de resolución si en lugar de observarlos como fenómenos de laboratorio para después evaluarlos y como padres sentirse evaluados a través de parámetros de éxito o fracaso rotundo, se decide escucharlos, mirarlos como niños insertos en una realidad dinámica y compleja. Esto implica detenerse e incluir un tiempo para encontrar otra manera de acompañarlos.

Cuando los padres logran suspender la respuesta acelerada e irreflexiva, permitiéndose un tiempo para buscar la causa y la propia implicación, surgen nuevas preguntas: ¿Qué le pasa a mi hijo? ¿Qué coordenadas de su vida lo pueden estar afectando? ¿Qué tengo que ver en eso? De tal manera, cuando ellos mismos dejan de correr, actuar automáticamente, buscar soluciones inmediatas, se abre un nuevo campo para elaborar el conflicto y buscar la ayuda adecuada.

Si se acepta que debajo de la cara visible del TDAH lo que hay es un conflicto que el niño y los padres, en muchos casos, no pueden tramitar ni expresar a través de palabras (lo cual sería el primer paso para empezar a elaborarlo y superarlo), se saldría de la idea impuesta por el mercado de que algo sobra y hay que limitar o corregir, o falta y hay que llenar según el caso.

Desde esta perspectiva, no nos encontramos frente a un tipo de déficit, cuantificable, medible y silenciable con la medicación, sino frente a un niño que sufre, que presenta dificultades que obstaculizan el aprendizaje y al que debemos conocer para poder ayudar.

En conclusión, creo que el TDAH acerca a los padres de hoy algunos interrogantes:

•¿Es posible tramitar en las familias una interrogación sobre el mensaje que porta el comportamiento de su hijo, allí donde esta exacerbado el valor de la respuesta inmediata y para todos igual?

•¿Es posible salirse del registro de la observación evaluadora constante y entrar en el de un vínculo sostenido en la palabra?

•¿Es posible pensar un uso de los objetos de consumo preservando al sujeto al poner una distancia regulada en la inmersión en el ciberespacio?

•¿Es posible un uso del tiempo que incluya una pausa que permita la elaboración del exceso de estimulación en la vida cotidiana?

Aceptar el desafío de realizar estas preguntas quizás permita que el sufrimiento del niño y sus “dificultades de adaptación” sean alojados por un marco que lo contiene y, de esta manera, lograr que su padecer encuentre una salida por fuera de la idea de lo que le falta o lo que le sobra.

Seguinos!

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