Volcanes Violetas

Por India Pila.

Ni siquiera como una cosecha tardía. Más tarde aún, casi como esos racimos olvidados, de todos los colores, esos que salen de la segunda floración y llegan después de tiempo.

Así de tarde llego de nuevo a estas páginas.

¿A dónde fue a parar el mes de abril?, me pregunto.

Recuerdo perfectamente lo que hice. El primer fin de semana trabajé tres días seguidos durante doce horas, atendiendo gente y sirviendo vino durante la Fiesta de la Vendimia.

A la semana siguiente mudé a mi madre de casa.

La semana posterior a la mudanza, entre papeles, cajas y canastos, me fui de viaje cruzando la cordillera entre vicuñas, llamas y gaviotas.

Volviendo por caminos de belleza gloriosa e innombrable, a los pies de volcanes violetas, sobre salares blancos y flamencos rosados, el vínculo amoroso con el señor que me enseñaba palabras nuevas llegó a su final.

El final de una manera de amar que, mientras crecía en palabras, se complicaba en emociones telefónicas.

A nuestros cuerpos se les olvidaban nuestros cuerpos, cada vez más.

Entonces se nos borraba la piel y la sangre se derramaba en silencio, mientras todas las palabras —las nuevas, las conocidas, las repetidas, las nunca dichas— perdían su efecto.

Las ondas invisibles que alguna vez conectaron nuestras voces inteligentes se enredaban en explicaciones y demandas.

Dejamos de escuchar al otro para atender, con urgencia, todo aquello que cada uno quería para sí mismo. A esta altura de la vida, cuando creemos conocernos tanto y tan bien, cuando creemos saber cómo queremos vivir y cómo queremos que nos quieran.

¿O no?

Confieso que hubo un momento de miedo. Un momento de duda. Un instante en el que me dejé llevar por la costumbre inconsciente de ser víctima, y el sufrimiento conocido apareció entre las montañas como un cómodo y familiar refugio.

Confieso la confusión y el llanto. La desconfianza hacia mi propia persona, hacia mi propia manera de sentir.

Duró apenas segundos en la escala de este hermoso romance.

Más tarde pude volver al cuerpo, al instinto sano y a la parte más sofisticada de mi capacidad racional.

Me esforcé por controlar las emociones fuertes. Esas que atacan por la espalda. Las que vienen de la niña con arrebatos de niña. Las que llegan desde la adolescente con frustraciones exageradas.

Me puse a trabajar. A administrar pensamientos. A gestionar sentimientos.

Me puse a pensar.

Después abandoné el pensamiento dirigido, controlado.

Me puse a observar.

Pienso en él todos los días y de maneras diferentes.

Me ha gustado muchísimo conocerlo.

No lo he vuelto a ver.

Mi alegría no ha disminuido.

Mi entusiasmo permanece intacto.

Continúo en observación.

Seguinos!

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