Pijama de algodón

Por Cutusú

Dormir en un cuarto sin mis ositos de peluche me da miedo. Así que, sin que mi mamá se dé cuenta, saqué a Rudolf, un caballo blanco con machas negras y ojos azules que me trajo mi abuela de regalo cuando volvió de Estados Unidos. Le doy la mano y le digo que por favor se quede con los ojos abiertos porque las paredes con clavos, que eran de mis cuadros de angelitos de la guarda, me hacen transpirar. Aunque Rudolf no se haya movido de mis pies, yo me levanto porque quiero ver mi casa por última vez.

En la heladera todavía hay imanes que sostienen los dibujos que yo le hice a mi mamá para su cumpleaños. Los miro y me doy cuenta que si no están en alguna caja marrón es porque no los van a llevar. Los vuelvo a mirar, entonces me parece deforme la familia que pinté con lápiz violeta, pero estamos los cuatro de la mano. Rompo mis dibujos en muchos pedacitos chiquitos y despuésés los tiro a  la basura porque no le deben haber gustado a mi mamá. Es un poco mentirosa, cuando los hice, dijo que eran los mejores regalos que le habían hecho en su vida. Y ahora que nos mudamos, no los despegó de la heladera vieja que dejamos porque hace un ruido raro.

Voy al cuarto de la tele porque, como nos vamos mañana, quiero tirar de la partecita que está despegada del papel de flores verdes y naranjas. Me divierto rompiendo despacio el papel que mi mamá compró en Paris. Ahora la pared está llena de fisuras blancas como nuestra familia. Entro en el placard del pasillo para sábanas y las toallas. Como no hay nada, me acuesto en un estante y lloro. Las lágrimas manchan  la madera de lapacho y yo miro como se va secando la mancha hasta quedarme dormida.

Me despierta la voz de un hombre que le dice: “sí” a mi mamá. No quiero que descubran a donde estoy. No quiero saber si este es el nuevo novio de mi mamá. Cuando pasan adelante mío, respiro despacito y cuento los moños que tiene mi camisón de algodón blanco. Me gusta vivir adentro de los roperos desde que tengo tres años porque es el lugar donde menos se escuchan los gritos de mis papás. Antes metía todos mis juguetes y llevaba bizcochos para comer entre los zapatos altos de mi mamá. Después ella se enojaba porque quedaban muchas migas.

¿Y si no salgo más y así se van a la casa nueva sin mi? Yo me quedo adentro del ropero y miro a los nuevos dueños de la casa. Cuando están dormidos les robo mucho chocolate blanco  y si tiene hijos, algún peluche. No voy a comer más lentejas ni ciruelas.

En los diarios va a salir la foto de mi cara porque soy una niña perdida como Peter Pan. Y mi mamá va a llorar y se va a poner muy fea entonces su novio nuevo la va a dejar. No puedo quedarme porque mi hermano Ramón es más grande y más tonto que yo. Todavía no se da cuenta que Papa Noel es nuestro abuelo Facundo disfrazado. El novio nuevo de mamá le va a regalar una pelota de fútbol y él ya lo va a querer. Tengo que ir todas las noches a su cama para explicarle que estamos en distintos equipo.

Salgo de mi guarida, busco mi marcador violeta adentro de la mochila del colegio y escribo Diana Rodríguez en todos los roperos de la casa. En el de mi cuarto hago un dibujo de in corazón y adentro la D y la R. Hoy es sábado y, como vamos a dormir en la casa nueva, mi mamá dice que podemos tomar todo el helado de dulce de leche granizado que haya en la heladería y que nos va a dejar dormir en su cama.

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