La noche anterior

Por Ana Salazar

 Lo despertó su propio ronquido y el acceso de tos que siempre seguía a su apnea. Recorrió la habitación con la mirada todavía adormilada, hasta que una puntada en la sien le recordó la borrachera de la noche anterior. Recordar es un decir, porque lo cierto es que no se acordaba de casi nada y eso que solo había dormido un par de horas. El matarife de 1,86 m y 105 kg resopló con resignación y decidió levantarse del sillón haciendo un esfuerzo colosal y arrastró los pies hasta el baño. Al salir escuchó las respiraciones lentas y profundas de sus hijos que todavía dormían. Faltaban todavía un par de horas para que empezara su día. Al pasar por su cuarto pudo ver a su mujer, alumbrada por la luz artificial de la calle, incorporarse y mirar el lado vacío de la cama y luego a él. Pareció no importarle que no hubiera dormido con ella otra vez puesto que la vio acomodarse y conciliar el sueño como si nada. Hasta hace unos años le importaba, se despertaba y le reclamaba que bajara de peso e hiciera una vida más saludable. Ahora apenas si lo miraba.

Salió del departamento venido abajo todavía con eso en la mente. A esa hora de la madrugada había poca gente con la que cruzarse, excepto la señora con pelo finito y piel ajada que regularmente veía regar las plantas en la casa de la esquina. “Cosas de vieja”, pensó.

Caminaba ahora mirando las baldosas, cavilando sobre la decisión que había tomado días atrás de terminar las cosas con Marta. Sabía que no podía mantener esa doble vida para siempre. Y tampoco quería. Tres hijos y una vida entera con su mujer. Dios sabe que haría cualquier cosa por ellos. Tosió de nuevo y sacó de su bolsillo el atado de cigarrillos de la noche anterior, viendo que le quedaban solo dos. Uno absolutamente desarmado. “Bueno, el último y dejo de fumar”, se dijo, mientras sacaba el candado y empujaba la pesada puerta de hierro de la carnicería. Odiaba cada centímetro de ese lugar. Sus paredes descascaradas dejaban entrever un horrible verde agua que se confundía con la mugre y las manchas de humedad. Lo odiaba con todo su ser, pero por su familia, todo. Sus pensamientos vagaban de nuevo entre su mujer y su novia. Qué manera de tomar la noche anterior.

Mientras pisaba el cigarrillo, se le cruzó, como en un flash, la cara de Marta, enfurecida y roja gritándole “canalla”. Contuvo la respiración por un momento. Con la boca seca sacudió la cabeza, confuso. No, ya había hablado con ella y había terminado “las cosas”. No lo había tomado muy bien, pero la haría entender. Se sentía descompuesto y mareado, pero se lo atribuyó a la resaca. La noche anterior había tomado demás, era eso.

 El hombretón se acercó turbado y con la respiración agitada a la mesa de aluminio, tomó la cuchilla de 18 cm y la asestó con una fuerza descomunal sobre la media res. Su precisión fue tan quirúrgica que solo bastó un golpe para desprender la extremidad del resto. Se le nubló la vista de repente y al refregarse los ojos, lo vio todo. Sus manos sobre el cuello de Marta, sus ojos desorbitados echados hacia atrás en una expresión de espanto, su mueca burlona después de amenazar con contarle todo a su mujer. Maldita. Intentó razonar con ella de mil formas, pero no escuchaba, no quería saber nada de su familia ni de nada. No podía perderlo todo por ella. ¿Cómo podía no entenderlo, si nunca le había mentido? Estaba fuera de sí. Una vez desvanecida era más fácil; además no quería que lo mirara a los ojos cuando le cortara la garganta de lado a lado. Era lo mejor. Sus pensamientos se mezclaban con el in crescendo de su ritmo cardíaco. Era lo único que escuchaba. Estaba exhausto y enajenado. No se suponía que resultara así. Todo era un desastre. Casi pudo sentir la humedad tibia y pegajosa de la sangre traspasar su pantalón y luego sus medias. Lo que más le repugnaba era el olor metálico de la sangre cuando tomaba contacto con el oxígeno, había leído sobre eso. Ese olor lo perseguía a donde fuera, por más que se duchara y se restregara el cuerpo con desinfectante, siempre estaba ahí. Como en una película, vio al voltear su cabeza sus propios pasos estampados como un camino siniestro sobre el suelo. Debería tener más cuidado. ¿Cuidado de qué? ¿Qué era aquello que se le atravesaba como un gato negro en cualquier momento del día? Era un pensamiento, una idea, no sabía bien qué, pero sí sabía que no lo dejaba respirar, no lo dejaba en paz. Igual que Marta. Ella le daba cariño cuando su mujer casi se había olvidado de su existencia, eso tenía que reconocerlo. Se sentía tan solo. Le contó de las veces que dormía en el sillón cada vez que la realidad se le hacía insoportable. ¿Cuánto más puede aguantar un hombre?

 Día a día entraba a ese trabajo que lo agobiaba con esos pensamientos que lo aliviaban cada vez menos. Una fantasía, dirían algunos, una fantasía a la que cada día agregaba un detalle más real. Si le contara la verdad a su mujer, le quitaría a sus hijos sin pensarlo dos veces. No tenía salida. ¿Era cuestión de días? ¿Horas? Si solo entendiera.

 Buscó entre sus ropas un inexistente atado de cigarrillos y, murmurando con bronca, tomó el gancho carnicero y con movimientos ágiles colgó la media res en la cámara frigorífica, deteniéndose solo unos segundos más de la cuenta para medir el espacio. Porque siempre lo decía, por su familia, todo.

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